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lunes, 25 de marzo de 2013

Historia de Pájara


El actual Municipio de Pájara es el resultado de un proceso de segregaciones e incorporaciones territoriales respecto a los límites y demarcaciones correspondientes a la época del señorío ( s. XV al XIX).

Resulta complicado el disponer de información documental anterior al siglo XIX, dada la pérdida de fondos y archivos provocados por los frecuentes ataques piráticos que sufrió Lanzarote, durante toda la modernidad.

Sin embargo, es posible desarrollar un estudio de la historia de Pájara a partir de que en 1834 se constituya definitivamente su Ayuntamiento, formalmente creado en las Cortes gaditanas de 1812.

Ya desde el siglo XVII los puertos del Sur ( Herradura, Río de Cabras, Pozo Negro, Gran Tarajal, Giniginámar, La Pared y La Casa de la Señora), serán el más potente vínculo con el exterior. Ganados y orchilla saldrán por ellos hacia el resto del Archipiélago y Europa. Jandía y sus pequeños embarcaderos serán puntos estratégicos en la salida de la orchilla.

Ello explica que Pájara, en 1711, consiga segregar su Parroquia, consagrada desde 1708 a Nuestra Señora de Regla, de la Parroquia Matriz de Betancuaria y, así, constituir un Beneficiado independiente. En 1735 su Iglesia se incrementará con una nave más, manteniendo sus estructuras básicas hasta la actualidad. Un despegue poblacional que guarda estrecha conexión con el auge insular, desde finales del s. XVII, de una familia poderosa, originaria de Pájara: los Sánchez Umpiérrez. Así, Pedro Sánchez Umpiérrez, será primer Coronel de Milicias de la Isla y “Capitán a guerra” por designación real (1722). Una tradición familiar que se consolida con Joseph Sánchez Umpiérrez, quien obtendrá poco tiempo después la patente de Coronel por la Autoridad real (1736). Este consolidará su posición en la élite insular con la victoria sobre los ingleses en Gran Tarajal (1740).

Pedro Agustín del Castillo nos reseña, para el siglo XVIII, lo siguiente: “ Pájara, unos 432 familias y once pagos, incluido Tuineje…las dehesas de Jandía son de terrenos frescos y de montes verdes y frondosos donde abunda el ganado caprio”. De 200 vecinos en 1718 ( de un total de 1.215 para toda la isla), se pasará a 79 en 1772 ( 805 para la Isla), sin duda como consecuencia de las fuertes sequías y hambrunas que reflejan las Actas del Cabildo.

Viera y Clavijo, a finales de. S. XVIII y principios del XIX, nos refleja en sus “Noticias sobre la Historia General de las Islas Canarias” que “…Pájara es un buen pueblo, y lo es igualmente su Iglesia parroquial…”. Adscribe a su jurisdicción los pagos siguientes: Toto, Barjada, Eduegue, Chilegua, Mesquer, Mirabal, Tiscamanita, La Florida, Adeja, Teserague y Tuineje.

Francisco Escolar y Serrano, en su “ Estadística de las islas Canarias, 1793-1806” nos ofrece una visión más detallada de la realidad de Fuerteventura, en general, y de sus Lugares, en particular. Para nuestro autor, Pájara es una parroquia que integra a siete pagos más, con una extensión de 12.371´409 fanegas, señalando que sus tierras, aunque montañosas, son “…de las más fértiles y de mayor fondo de la isla porque la descomposición está adelantada en ella”.

De su análisis territorial y económico, apunta la existencia de dos tenerías de hilado y tejido del lienzo ordinario y algodón, reflejando un interesante panorama de “oficios” ( 10 zapateros “remendones”, 2 carpinteros, 8 albañiles, 3 sombrereros y 8 curtidores). Junto a una producción de 14.000 fanegas de cebada y 5.000 de trigo, como cereales básicos, debemos resaltar, por su valor, los 5.000 quintales de barrilla de cosco o sosa y las 8 pipas de vino. En cuanto al denominado “reino animal”, destacan las 7.000 cabezas de cabrío, seguidas de las 3.600 de lanar, 1000 de vacuno, 500 camellos y 200 asnos. Una cabaña ganadera que, junto a la leche y la carne, ofrecen una producción de 70 quintales de lana, 850 de queso y 512 piezas de cuero.

Pájara, según ésta estadística, cuenta en 1802 con 1.449 habitantes, que se distribuyen en un total de 386 casas.

Debemos poner de relieve que en ésa época, en plena transición hacia la etapa contemporánea, la Península de Jandía seguía teniendo su estatus de propiedad del señorio. Su espacio económico producía ya al señorío de la isla, a finales del s. XVI, 5000 reales al año en pago de derecho de pasto a los que debemos unir los 1000 ducados de los ganados de propiedad señorial y una parte sustancial de los 100.000 reales anuales que se obtenían de la venta de la orchilla.

Un área que todavía a principios del s. XIX contaba con manantiales de agua potable y un suelo feraz que permitía pastar a los ganados de Pájara y Tuineje, así como “…recoger en sus rocas la mayor porción de orchilla que se colecta todos los años en la isla…”. Era, asimismo, un lugar que por su aislamiento, permitía “…servir de asilo sus costas a algunos que de Canaria vienen a pescar en ellas..”.

Josef María de Zuaznavar, a la sazón Fiscal de la Real Audiencia de Canarias, nos menciona a “ Páxara” como “lugar de señorío”, con Alcalde pedáneo, en 1803.

El Diccionario de Madoz, en la década de los años cuarenta de la pasada centuria, nos ofrece la descripción de Pájara en su configuración como Municipio. Nos habla de 100 casas “arruadas” en el Casco y otras 237 dispersas en un total de quince pagos, entre los cuáles aún se incluyen Tiscamanita y Tuineje, al mismo tiempo que ya se habla de Cofate de Jandía.

El panorama social que nos pone de relieve dicho Diccionario nos ofrece, ciertamente, un panorama nada alentador. Así, entre 1834-35, del total de 1.499 habitantes del Municipio, sólo 189 varones y 76 mujeres saben leer y, de ellos, sólo 125 hombres y 25 mujeres, escribir.

Se sigue insistiendo en la disponibilidad de un suelo feraz que produce trigo y cebada, muy poco millo y algo de papas. La barrilla y la cochinilla, ésta última introducida desde América, conforman los únicos productos de su comercio exterior.

El siglo XIX y gran parte del actual ponen de relieve, con insistencia, una realidad de calamidades, hambrunas y dificultades para supervivir.

lunes, 18 de marzo de 2013

Historia de la Villa de Moya



Moya surge como núcleo de población moderno tanto por razones de necesidad de asentamiento agrícola como de carácter religioso. Los repartos de tierras y aguas efectuados tras la conquista de Gran Canaria y la orografía condicionaron el asentamiento poblacional, conformándose núcleos dispersos por encima de los 600 metros de altitud -Montaña de Doramas- y agrupados por debajo de esa cota –casco de Moya-. El fomento de la agricultura impulsó el proceso urbanizador en el siglo XVIII y, si a mediados de la centuria, el casco de Moya concentra el 43'7% del vecindario y Fontanales, segundo lugar en importancia, el 14'2%, en los comienzos del siglo XIX la concentración vecinal en el casco se reduce al 19'3% y la de los núcleos del entorno de la Montaña de Doramas se eleva al 31'2% debido a los repartos y roturaciones de nuevas tierras en dicha Montaña (1806 y 1812). La vivienda habitual, de dimensiones modestas (una o dos habitaciones) y con escasa inversión en su construcción, fue la casa de una planta (casco, la costa y Fontanales) y la cueva (entorno de la Montaña de Doramas), con un ritmo de crecimiento similar al de la población: 138 viviendas de fines del siglo XVII, 159-318 en el XVIII y 791 a mediados del XIX, en su mayoría de una planta (92'2%). La alta natalidad y mortalidad registrada en el periodo 1480-1850 han dado como resultado un crecimiento demográfico lento: 60 habitantes a fines del siglo XVI, 700 en el XVII y 878 en el XVIII, produciéndose la aceleración del crecimiento en el siglo XIX ya que, por efecto de las roturaciones de tierras en la Montaña, se pasó de los 1.188 habitantes de 1802 a los 3.701 de 1848.

domingo, 17 de marzo de 2013

Periodo Prehispanico Villa de Moya


En la época prehispánica Moya fue un espacio donde los aborígenes tuvieron una presencia limitada por las condiciones climáticas –temperatura media anual baja y altas precipitaciones-, la orografía y la escasa rentabilidad en la explotación del medio circundante. Los núcleos de hábitat se ubicaron en la costa, básicamente conformados por cuevas naturales y artificiales. El bosque termófilo, el cual ocupaba un alto porcentaje de la superficie del término, fue el área de extracción de determinadas maderas -usadas para la su empleo por los habitantes del lugar y de todo el norte insular-, hierbas medicinales o comestibles y frutos silvestres. Este espacio también fue el lugar de tránsito para el ganado de todo el noroeste en sus continuos trayectos entre la cumbre y la costa en busca de los pastos de temporada.

La población del término era súbdita del guanarteme de Gáldar, siendo un lugar periférico –si se compara con áreas como Agaete o Artenara- en su aportación económica y social dentro del conjunto del guanartemato. El papel desarrollado por la población de Moya estuvo mediatizado por la baja densidad demográfica, la escasa explotación de los recursos ante las reducidas medias de consumo y los escasos lugares de hábitat.

Hasta la actualidad, las evidencias arqueológicas se limitan al área comprendida por debajo de los 500 metros de altitud, con hallazgos emplazados junto a los cursos de agua, cercanos a las tierras feraces destinadas al cultivo de cereales (trigo, cebada). La más significativa evidencia arqueológica es el yacimiento de La Montañeta (433 metros de altitud), enclavado en un promontorio dominante del área de la costa de Lairaga y de los cursos de aguas circundantes, los más importantes del noroeste insular, caso de los barrancos de Moya y Azuaje. El hallazgo es el único espacio de hábitat prehispánico registrado en el término hasta el presente. Se conforma por cinco cuevas de habitación, otras de carácter funerario, algunos silos de cereales y una posible cámara-santuario. El conjunto de elementos arquitectónicos es complejo en su estructura, además de destinarse muchas de sus grutas a variadas funciones y reutilizaciones, algunas de ellas en etapas históricas recientes. Entre los elementos materiales localizados en el yacimiento abundan las conchas marinas, en consonancia con el amplio consumo entre la población aborigen del que no estaba exentos los moradores del lugar; los fragmentos de pieles curtidas y cosidas, entre ellos una posible sandalia; abundantes trozos de cerámica y fragmentos de varios morteros; el registro de múltiples piedras talladas con señales de uso; y un ídolo-placa de gran importancia por su relación con otros encontrados en diferentes yacimientos insulares.

La Montañeta no es un lugar arqueológico aislado al englobarse dentro de un conjunto de registros prehispánicos más amplio, interrelacionado y conformado, entre otros, por los yacimientos de La Guancha (Firgas), destacado hábitat troglodita; el Cenobio del Valerón , conjunto de múltiples silos de depósito de las cosechas recogidas en las áreas cercanas; el Morro de Verdugado –con unas estructuras de hábitat similar a las citadas en La Montañeta -; o el Tagoror del Gallego (Guía). Un análisis del global de todos ellos indican una aparente complementaridad de funciones, lo cual permite observar en esta área un notable subconjunto de núcleos, población y funciones con un evidente peso socioeconómico dentro de la jerarquía registrada en el seno del guanartemato.

La relación con el mundo aborigen no sólo se limita a los registros arqueológicos, al ampliarse con las referencias aportadas por las crónicas de la conquista insular. Un episodio destacado es el referente al aborigen Doramas y su nutrido grupo de seguidores refugiados en la zona, rebeldes contra el poder establecido por los guanartemes de la isla. Del primero decía el cronista López de Ulloa, pese a no ser hidalgo y sí trasquilado , significarse por valentíssimo y de grandes fuerças, que por sólo su ualor se hauía hecho rey y señor del ualle y montaña que oy se llama Doramas. La presencia de este caudillo y su grupo en este espacio, alejados de las zonas centrales del guanartemato galdense, indica la perifericidad del término de Moya.
Las fuentes históricas abundan en las referencias a acequias, paredones y caminos –elementos de explotación y aprovechamientos del monte-, aunque no de hábitats permanentes de antiguos pobladores prehispánicos. Las localizaciones se sitúan en las áreas cercanas al actual núcleo de Moya y en el espacio comprendido entre este último lugar y Fontanales.

lunes, 4 de febrero de 2013

Cultura espiritual

Dentro de los rasgos culturales más importantes, estaba el culto a los muertos y el uso de la momificación para facilitar el tránsito a la inmortalidad. En el arte, destacar la Cueva Pintada de Gáldar, considerada la Capilla Sixtina del arte indígena canario, junto con las espirales palmeras y herreñas.

El mundo funerario
El aspecto más significativo del estudio del mundo funerario aborigen es que la muerte no constituye un fin en sí misma, sino parte del proceso de la vida. Esto se debe a que cuando alguno de los intrigantes de la sociedad fallecía, el vínculo con la comunidad no se rompía, sino que se transformaba esa unión, materializándose en la práctica sepulcral que se lleva a cabo en el seno de la sociedad. Los muertos seguían siendo miembros imprescindibles del grupo, uniéndose ahora también con los antepasados dando un nuevo sentido a la realidad cultural.

Sociedad y estructura política

Se trataba de una sociedad tribal, con base en los diferentes clanes familiares y jerarquizada en función de su nacimiento y de la apropiación del excedente de producción. Mientras, la estructura política estaba encabezada por los líderes de los clanes más importantes, que se denominan menceyes o guanartemes, en el caso de las dos Islas centrales, dominando éstos una demarcación geográfica determinada.


Economía. Ganadería y agricultura

Conformaron en el Archipiélago una civilización peculiar, con elementos comunes a todas las Islas, pero también con rasgos distintivos propios, frutos de una evolución insular original. La ganadería caprina y ovina y la agricultura de cebada y trigo constituyeron la base de su primitiva economía, junto con elementos recolectores basados en los productos del mar.

El asentamiento de los aborígenes canarios estaba relacionado totalmente con la actividad económica, ya que tenían que situarse en zonas fértiles para una mejor obtención de los recursos. Es por ello, que la mayoría de los núcleos de población se situaron en los márgenes de los barrancos y en la costa, siendo la tierra en ellos más fértil y tendiendo acceso a los recursos marinos con mayor facilidad.

Origen de los primeros isleños

Nadie duda ya de que la procedencia de los isleños canarios se sitúa en el ámbito africano, en concreto en las tribus de origen bereber que pueblan el norte de ese continente. Las dataciones cronológicas más antiguas nos remiten a un poblamiento del Archipiélago relativamente reciente; es decir, en torno a los comienzos de nuestra era, aunque no llegaron en una sola oleada sino que lo hicieron en etapas diferentes.

El archipiélago canario forma parte de la región denominada macaronesia, al que pertenecen, aparte de las Canarias, los archipiélago de las Azores, Madeira y Cabo Verde además de la costa occidental de África. De todos ellos, antes de la llegada de los conquistadores, el único archipiélago poblado era el canario, seguramente por su mayor cercanía al continente africano. Este es uno de los hechos que pueden explicar la hipótesis de que las islas fueran pobladas por gente procedente de África.

La prehistoria canaria

Nadie duda ya de que la procedencia de los isleños canarios se sitúa en el ámbito africano, en concreto en las tribus de origen bereber que pueblan el norte de ese continente. Las dataciones cronológicas más antiguas nos remiten a un poblamiento del Archipiélago relativamente reciente; es decir, en torno a los comienzos de nuestra era, aunque no llegaron en una sola oleada sino que lo hicieron en etapas diferentes.